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Lo que los padres deben saber sobre el bullying

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Laura llega a casa del trabajo y se encuentra a su hijo de trece años, Pablo, tumbado en la cama, con su sudadera nueva de GAP tirada en un rincón. Laura pregunta qué ha ocurrido y Pablo le enseña en su móvil un grupo de chat donde aparece una foto de él con las palabras “Gay And Proud” (Gay Y Orgulloso de serlo) sobreimpresas. Los comentarios de sus compañeros de clase bajo la foto son cualquier cosa menos agradables y Pablo no quiere ir al colegio al día siguiente.

El acoso escolar o bullying es un asunto que posiblemente haya surgido en alguna conversación familiar si tienes hijos de más de siete años o, en algunos casos, incluso más jóvenes. Por desgracia, el bullying puede acarrear secuelas para el resto de la vida, tanto de la víctima como del acosador. Aunque el acoso escolar haya existido desde siempre se entienda en algunos casos como una experiencia más de la infancia, lo cierto es que ahora, apoyado en las nuevas tecnologías, resulta mucho más intrusivo y es más difícil escapar de él.

El bullying puede darse cara a cara y normalmente se restringe a los lugares de encuentro de los niños, como el colegio, el parque o las actividades extraescolares. El cyberbullying, en cambio, se refiere al acoso que tiene lugar en formato electrónico, como redes sociales (como Instagram o Snapchat), email, grupos de mensajería instantánea o juegos online multijugador (como World of Warcraft o Call of Duty).

Algunos chicos y chicas que no se atreverían a acosar a otro u otra a la cara, pueden en cambio aprovechar el anonimato que ofrece internet para hacerlo. Además, el acoso cara a cara puede extenderse por las redes a través de fotos o videos capturados durante el acoso y luego compartidos online. Ahí radica el peligro del cyberbulling: puede realizarse y extenderse de múltiples maneras e incluir a un número ilimitado de personas, convirtiéndose así en una forma de acoso muy opresiva.

Los acosadores (los “matones” del colegio) a menudo sufren desajustes psicológicos, tienen problemas en casa, no pueden gestionar sus emociones y muestran falta de empatía hacia los demás. Algunos acosadores intentan aumentar su estatus social de forma agresiva, mientras que otros buscan hacer daño a víctimas vulnerables. Los acosadores que atacan a sus amigos normalmente pertenecen al primer grupo y buscan aumentar su popularidad. Los que atacan a individuos fuera de su grupo a menudo tienen problemas de ansiedad o depresión y, por lo general, ellos mismos tampoco son muy populares. Si no se les presta atención, los acosadores se encuentran en mayor riesgo de incurrir en hábitos como el consumo de alcohol o drogas, relaciones sexuales tempranas, abandono escolar, abuso a sus parejas y criminalidad.

Las víctimas, por su parte, corren el riesgo de sufrir depresión, ansiedad, problemas de socialización o incluso considerar la idea del suicidio. Para ellos es muy difícil volver a hacer amigos después de haber sido traicionados por quien creían un amigo (o amiga) que resultó ser un acosador, el cual destruyó por completo relación de confianza. Peor aún, esto puede llevar a las víctimas a mostrarse agresivas al interactuar con otros chicos o chicas lo que, a su vez, los llevará al aislamiento social y los convertirá en miembros marginados del grupo, es decir, víctimas fáciles para otros acosadores. Se trata, en resumen, de un círculo vicioso devastador para la víctima y que conduce a problemas tanto físicos como de salud mental.

La única respuesta posible a la cuestión del acoso es concentrarse en la prevención. Cuando sólo hay un testigo de una escena de acoso, ese testigo sentirá que debe intervenir. Sin embargo, si hay un grupo mirando cómo se acosa a alguien, cada individuo del grupo se muestra más reacio a actuar, porque quiere esperar a ver cómo reaccionan los demás. Esto deja a todos los presentes a la espera de que alguien haga algo y, por desgracia, puede que nadie haga nada o que lo que haga sea seguir mirando o sumarse al acoso. Por eso es fundamental hablar claramente sobre la responsabilidad de todos en poner fin a una situación de acoso. Si enseñamos a los niños a ser empáticos, a pensar en cómo se sentirían si fueran ellos los acosados y a mostrar a los acosadores el daño que están causando a otros, podremos motivar a niños y a adolescentes a que den el paso para parar el acoso cuando lo vean. Asimismo, podemos enseñar a los niños a ver su propia vulnerabilidad. Ponerse de parte de una víctima hoy puede significar que tendrás un amigo si en el futuro te acosan a ti. Este enfoque puede aplicarse, además, tanto al bulling cara a cara como al cyberbullying.

El acoso solo cesará cuando se preste atención a los problemas de fondo tanto del agresor como de la víctima. Un buen primer paso para ello es asegurarnos de que nuestros hijos crecen en un entorno sano y rodeados de afecto. También ayuda tratar los posibles problemas psicológicos o de conducta que aparezcan en la infancia y, por último, debemos enseñar a nuestros hijos e hijas a ser resilientes, a ser buenos amigos, a gestionar conflictos de forma respetuosa y a dar ejemplo de valores como la bondad, la empatía y la compasión. De esta manera conseguiremos romper el círculo vicioso del acoso.

Fuentes:

Antila, H., Arola, R., Hakko, H., Riala, K., Riipinen, P., & Katonjarvi, L. (2017). Bullying involvement in relation to personality disorders a prospective follow-up of 508 inpatient adolescents. [La participación en episodios de acoso en relación a desórdenes de la personalidad. Un seguimiento prospective de 508 pacientes adolescentes]. European Journal of Child and Adolescent Psychiatry, 87, págs. 1-8.

Mishna, P., Khoury-Kassarbri, M. Gadalla, T., & Daciuk, J. (2012). Risk factors for involvement in cyberbullying victims, bullies, and bully-victims. [Factores de riesgo por participación en cyberbullying: víctimas, acosadores y acosadores-víctimas]. Children & Youth Services Review, 34 63-70.

Zuckerman, D. (2016). Bullying harms victims and perpetrators of all ages. [El acoso causa daños a víctimas y acosadores de todas las edades.] Health Progress, 97(4), págs. 63-66.

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© 2019 Deanna M. Mason. Proactive Parenting.

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