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El tiempo no se detiene para nadie: lo que las visitas a casa nos enseñan sobre el cambio

El tiempo no se detiene para nadie: lo que las visitas a casa nos enseñan sobre el cambio

Vivir en el extranjero puede tener un impacto en nosotros que solo se nota al volver a casa. Vivir en el extranjero nos cambia y volver a casa de visita puede provocar un sentimiento de decepción. ¿Por qué?

Estos viajes, especialmente cuando se hacen con niños, pueden hacer que os veáis invadidos por una ola de entusiasmo y por un deseo de hacer todas esas cosas que os encantan y que quizás hayáis echado de menos. Ni que decir tiene que ver a los seres queridos siempre es uno de los elementos más importantes de la lista de cosas que queréis hacer. Ir a vuestro restaurante preferido, entrar en determinadas tiendas, visitar ciertos barrios, comer cosas típicas y disfrutar de la cultura y el idioma que os une también son placeres que uno espera con ansia cuando vuelve a casa de visita. Llegamos, aterrizamos, disfrutamos y volvemos a tener ese sentimiento de pertenencia tan agradable. Pero entonces...

Quizá tu hogar haya cambiado mientras habéis estado fuera

Con frecuencia nos encontramos con que esas tiendas o restaurantes que tanto nos gustaban ya no están porque han cerrado. O quizás en el supermercado ya no tienen algunos de nuestros alimentos preferidos. Incluso puede darse el caso que de vez en cuando sientas que te falta algo, aunque no seas capaz de identificar exactamente qué es. No es nada concreto. Simplemente sucede que hay cosas que ya no son tal y como vosotros las recordabais.

Este sentimiento proviene en parte de esa idea romántica del hogar que nos hemos fabricado, distorsionando la realidad y haciéndolo más atractivo de lo que realmente fue. Tenemos tendencia a pintar nuestros recuerdos con más color del que en realidad había. Esto puede provocar un sentimiento de decepción cuando volvemos de visita a casa, porque resulta que la realidad no está a la altura de cómo la habíamos recordado.

Por supuesto, puede que haya cosas que de verdad hayan cambiado desde que nos fuimos. Puede haber habido cambios en las leyes a nivel nacional o regional, en las costumbres o reglas sociales o en la composición del clan familiar a causa de una muerte o de un divorcio. El tiempo avanza inexorablemente para todos y para todo. Nuestra mente hace una fotografía de nuestra última visita y la mantiene a modo de referencia, hasta que volvemos y hacemos nuevas fotos mentales de la nueva realidad. Es totalmente normal que encontremos diferencias entre las fotografías nuevas y las antiguas.

Quizá hasta nosotros hemos cambiado mientras hemos estado fuera

Los cambios que se han producido en nosotros mismos quizá sean más significativos que los cambios ocurridos «en casa» (en nuestro lugar de origen) mientras hemos estado fuera. Nuestros hijos han crecido y se han desarrollado. Es muy probable que se hayan visto muy influenciados por la cultura en la que están creciendo ahora, por el simple hecho de que su trayectoria personal ha sido breve hasta la fecha. De vuelta a casa, la gente se maravillará de los cambios experimentados por nuestros hijos, tanto física como socialmente.

Nosotros también hemos cambiado. Las experiencias que hemos vivido en una cultura distinta, quizá también en un lenguaje diferente, y en el seno de una sociedad distinta posiblemente nos hayan cambiado de manera tan sutil e imperceptible que sólo se hace patente cuando volvemos a casa. Es posible que el vivir en el extranjero nos haya vuelto algo más agresivos o más pasivos. Quizá ahora conducimos con más seguridad en nosotros mismos o gestionamos mejor los conflictos. O cabe la posibilidad de que apreciemos la belleza de las cosas más que antes y estemos más agradecidos por lo que tenemos.

Independientemente de qué cambios concretos se hayan producido en nosotros, no nos damos cuenta de nuestra propia evolución hasta que no nos vemos en nuestro hábitat natural. Quizá nos llame la atención el que nos sintamos distinto en entornos que nos son familiares. Es posible que la gente nos trate diferente porque perciban estos cambios que se han producido en nosotros. O quizá nos sorprenda comprobar que hemos desarrollado habilidades y destrezas que no teníamos antes de partir. El espejo en el que nos miramos devuelve ahora un reflejo claro y nítido.

Antes y ahora: validar el cambio y utilizarlo para sentirnos seguros de nosotros mismos y sentir que llevamos las riendas

No asustarse por el cambio es el primer objetivo que tendríamos que tener. Es fácil que veamos el cambio como algo negativo y que emitamos un juicio de valor: “El vivir en el extranjero está haciendo que me vuelva mandona / sentimental / agresiva / etc. Antes de mudarme era más flexible / más fuerte / más relajada / etc”. Sin embargo, los cambios no son inherentemente buenos o malos. Los cambios son, simplemente, cambios. Todo depende de cómo los utilicemos; eso determinará si el cambio acaba siendo positivo o no para nosotros.

Los cambios que se han producido en nosotros por haber vivido en el extranjero ya forman parte de quienes somos. Las experiencias vitales vividas han actuado de catalizadores de dichos cambios. Hemos vivido, hemos aprendido y hemos cambiado. Eso es lo extraordinario de vivir y de estar vivo. Nos surge la oportunidad de evolucionar y de transformarnos según las necesidades para dar lo mejor de nosotros mismos. Vivir en el extranjero nos ha ofrecido la oportunidad de ejercitar el músculo del cambio y de ver lo que aún somos capaces de hacer.

Nosotros, junto con nuestras familias, estamos adquiriendo las habilidades necesarias para ser aprendices (es decir, personas capaces de aprender y absorber nuevos conocimientos) durante toda nuestra vida. El cambio no nos asusta ni nos obliga a permanecer en nuestra zona de confort donde podemos controlarlo todo (o eso creemos, según dice el mito). Por el contrario, tenemos la confianza en nosotros mismos y la capacidad para afrontar retos, superarlos satisfactoriamente y aceptar el cambio que se produce en nosotros de manera inherente a raíz de dicho proceso.

El conocimiento es el poder

  • ¿Qué has aprendido o qué has sacado en claro de esta entrada?
  • ¿Te ha ayudado a identificar algún aspecto de vuestra vida familiar que os gustaría modificar?

En el espacio que aparece a continuación, haznos partícipes de tus experiencias y dinos qué medidas tienes previsto adoptar para cambiar el rumbo de la dinámica familiar.

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