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Cómo conseguir que los niños hagan lo que se les dice

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Claudia y Guillermo están en el supermercado con Guille, su hijo de cuatro años, sentado en el carrito. Los padres se paran a escoger un producto y el niño suelta un grito. Claudia rápidamente se vuelve hacia él y le dice “Guille, no hagas eso”. Luego retoma la conversación con Guillemo. A los diez segundos, Guille grita otra vez. Claudia le mira con dureza y le dice: “¡Para!”. Al cabo de un momento, Guille vuelve a gritar. Esta vez, Claudia ni siquiera le mira; sigue hablando con Guillermo. Intenta ignorar el exabrupto de su hijo, pero no deja de preguntarse por qué el niño no le hace caso y sigue gritando.

Muchos padres viven una lucha continua con hijos que no hacen caso de lo que les dicen o, peor aún, que hacen exactamente aquello que les han pedido que no hagan, lo que se convierte en una fuente de estrés constante para la familia. La situación vivida por Claudia y Guillermo es bastante común, pero no tendría por qué ser así.

La clave para que los niños escuchen y obedezcan está, básicamente, en ser coherente. En el ejemplo anterior, Claudia reacciona a los chillidos de Guille de tres maneras diferentes, y Guille no obedece en ninguno de los tres casos. El problema es que cada vez que hace algo que no debe, Guille recibe un mensaje diferente por parte de sus padres. Es más, la respuesta de Claudia al desafío de su hijo es cada vez menos intensa, mientras que el padre actúa como si no oyera los gritos. Este comportamiento de los padres, variable y contradictorio, termina con los dos progenitores ignorando la conducta del niño. Lo cierto es que al no ser coherentes y no dar una respuesta unificada, Claudia y Guillermo están provocando inconscientemente a Guille para que siga dando gritos. Veamos cómo y por qué ocurre esto:

Los niños pequeños están en proceso de intentar averiguar cómo funciona el mundo. Sus mentes en pleno desarrollo mezclan la realidad y la fantasía mientras aprenden a entender la diferencia entre las consecuencias reales de sus actos y lo que les gustaría que ocurriera. Para aprender cómo funcionan las cosas, los niños tienen que experimentar el proceso de acción-consecuencia una y otra vez, hasta que consigan entender de antemano lo que va a ocurrir en una situación concreta. Al cambiar de reacción e ignorar su mal comportamiento, los padres de Guille le impiden aprender que gritar en una tienda está mal y que tiene consecuencias (una reprimenda y el disgusto de sus padres). No le ofrecen una respuesta coherente a sus acciones y, por tanto, Guille sigue gritando a ver qué pasa. Es decir, hace exactamente lo que hacen todos los niños: ¡explorar! En este caso, los que tienen que cambiar su actitud son Claudia y Guillermo.

Si acordaran previamente cómo responder a los gritos de Guille y ambos reaccionaran de la misma manera, Guille aprendería rápidamente que sus gritos provocan que sus padres se pongan serios y le regañen. Tras unas cuantas pruebas recibiendo la misma respuesta, Guille dejaría de gritar porque la expresión enfadada y las frases correctivas de sus padres le harían sentir incómodo.

Obviamente, cuando antes se empiece a dar respuestas coherentes a los niños, más fácil será para ellos aprender a escuchar y a obedecer. A los 12 meses de edad los bebés ya están listos para aprender a escuchar, así que los padres deberían empezar a dar instrucciones desde que el niño cumple un año. Los niños que reciben respuestas incongruentes o contradictorias a sus acciones nunca van a comprender del todo cuáles son las consecuencias de esas acciones. Por ello, se dedicarán a forzar los límites durante toda su infancia y adolescencia, lo cual puede generar verdaderos problemas en la familia.

Así pues, lo mejor es empezar pronto, planificar conjuntamente cómo se va a responder cuando el niño se comporte mal y, siempre que sea posible, tratar de reaccionar de la misma manera. Los padres que dedican tiempo y esfuerzo a esto desde edades tempranas educarán a sus hijos e hijas para que escuchen y hagan lo que se les dice sin problemas, ya que crecerán con una mayor comprensión del mundo a su alrededor. Saber que las acciones tienen consecuencias contribuye a que a los niños les vaya bien en el colegio, con los amigos y con su familia.

Si creéis que vuestro caso es similar al de Claudia y Guillermo, intentad aumentad la coherencia en vuestras respuestas y veréis qué rápido aprende el peque a escuchar y obedecer.

Fuentes:

Dittman, C., Farruggia, S., Keown, L. & Sanders, M. (2016). Dealing with disobedience: An evaluation of a brief parenting intervention for young children showing noncompliant behavior problems [Enfrentándonos a la desobediencia: Evaluación de una intervención paterna breve para niños que muestran problemas de comportamiento desobediente]. Child Psychiatry & Human Development 47 (1), 102-112.

Kalb, L. & Loeber, R. (2003). Child disobedience and noncompliance: A review[Desobediencia e inclumplimiento en niños: una reseña] . Pediatrics 111(3), doi: 10.1542/peds.111.3.641

Morawska, A., Haslam, D., Milne, D., & Sanders, M. (2011). Evaluation of a brief parenting discussion group for parents of young children [Evaluación de una breve discusión en grupo para padres con hijos pequeños]. Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics 32(2), 136-145.

 

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© 2019 Deanna M. Mason. Proactive Parenting.

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